La economía como sistema abierto: de la disociación a la integración (2ª parte)


Artículo escrito por Federico Aguilera Klink

TRES MIRADAS SOBRE LA ECONOMIA

Federico Aguilera Klink en ECO Existen básicamente tres perspectivas sobre las relaciones entre la economía o el sistema económico y el medio ambiente o la naturaleza, como recoge el gráfico 1. La más divulgada, practicada y defendida es la que califico como “Economía actual”, que muestra una separación o escisión total entre ambos sistemas donde la Naturaleza queda reducida a un espacio que provee materias primas (MP en el gráfico) y en el que se vierten residuos (VR) sin que existan, habitualmente, impactos ambientales. En otras palabras, “La teoría económica continúa tratando la asignación, la producción, el intercambio y la distribución como si ocurrieran en una esfera económica básicamente cerrada y autónoma con sólo pequeños efectos sobre el medio ambiente natural y social del hombre” (Kapp, 1970, 156). Es, al mismo tiempo, una separación imposible de llevar a cabo, dada la existencia de interdependencias inevitables pero, paradójicamente, es la que las universidades divulgan como una expresión “científica” de la realidad y, también, es la que los políticos y empresarios apoyan y consideran como la única viable. Por eso incluyo en el gráfico la expresión “inconsciencia deliberada” ya que entiendo que esa perspectiva sólo puede mantenerse construyendo deliberadamente la inconsciencia, es decir, intimidando a las personas para que dejen de ver lo que, de manera natural, ve cualquier persona que viva con los ojos abiertos. ¿A qué me refiero? Sencillamente a que vivimos en una economía de flujos (ciclos) de materiales cuya extracción y uso genera, inevitablemente, residuos, debido a la existencia de leyes físicas, y en la que no nos “apropiamos” sólo de recursos naturales (unidades físicas vivas e inertes) sino, fundamentalmente, de ecosistemas, lo que requiere preguntarse previamente ¿Qué economía o qué estilo de vida es compatible con esos ecosistemas que son el soporte de la vida? ¿Puede mantenerse una economía que deteriora de manera continuada e irreversible los ecosistemas? Sólo alguien que ha sido enseñado a no ver lo que tiene delante o a quien se le ha “prohibido ver lo evidente”, como señala El Roto en una de sus viñetas, insistiría en mantener la separación. El problema es que todos hemos sido educados en esa manera de ver y en esa prohibición por lo que, si no se hace un esfuerzo importante, terminamos por ver como totalmente normal esa separación e ignorando que vamos en contra de lo que estamos viendo y percibiendo con nuestros sentidos. Complementamos, en consecuencia, la separación intelectual con una separación o escisión psíquica en nosotros mismos que podría expresarse como “Lo que yo percibo y veo está mal o es incorrecto puesto que no coincide con lo que me han enseñado (los que están legitimados para enseñarme)”.

Gráfico 1. TRES PERSPECTIVAS SOBRE ECONOMIA Y MEDIO AMBIENTE

La respuesta de la economía académica convencional ante la perspectiva anterior ha consistido en incorporar la naturaleza como si fuera un subconjunto del sistema económico. Es lo que muestra la Economía Ambiental en el Gráfico 1. No es que la naturaleza sea el núcleo de la economía sino que, al contrario, la naturaleza se concibe como un subconjunto que acepta y sigue las “reglas” dominantes del sistema económico. ¿Cuáles son esas reglas?

En este caso se trata de considerar económico aquello que puede expresarse en términos

monetarios y es objeto de transacción real o hipotética. Por eso la naturaleza que cuenta en esta aproximación es la que es objeto de Valoración Monetaria (VM en el gráfico) y la que es susceptible de ser estudiada bajo la óptica del Análisis Coste-Beneficio (ACB) para tratar de conocer los flujos monetarios que obtendríamos de su uso o bien lo que estaríamos dispuestos a pagar por evitar su deterioro e incluso su destrucción.

Habitualmente estas valoraciones monetarias se realizan sin que las personas que expresan sus “preferencias monetarias” sepan o conozcan minimamente qué es lo que están valorando. Son ejercicios condicionados por la propia metodología que apenas presta atención a la relevancia e insustituibilidad de lo que se valora o a un posible deterioro irreversible. Se trata de hacer creer como si fuera algo científico, por el hecho de usar una metodología concreta, que la dimensión monetaria es la única capaz de expresar adecuadamente las diferentes dimensiones de la naturaleza dando por sentado que no somos capaces o no es científico razonar de

acuerdo con las dimensiones biofísicas o la importancia para el mantenimiento de la vida de determinadas especies o ecosistemas.

Por eso, la economía ambiental, aunque pretende aparentar lo contrario, se mantiene en la idea de sistema cerrado y unidimensional que, por su propio punto de partida, es incapaz de reflejar adecuadamente la complejidad de la relación entre economía y naturaleza. Podría, como mucho, llamar la atención y asustar sobre el hipotético impacto económico-monetario de algunos daños ambientales, para ver si así la gente se da cuenta de lo que está ocurriendo, como ha ocurrido con el llamado Informe Stern y sus cálculos sobre lo que nos podría costar el cambio climático en términos monetarios. Pero, desde mi punto de vista, el impacto de algunos de estos ejercicios es puramente mediático, se lo trata de apropiar algún político o algún grupo de economistas, se recuerda durante algún tiempo y se olvida con rapidez puesto que llegados a un punto ya nos da igual que nos digan que nos va a costar miles de millones o decenas de miles de millones, da igual la moneda.

Son ejercicios de valoración monetaria esencialmente irrelevantes puesto que nos alejan cada vez más de una toma de conciencia clara de las implicaciones ambientales de nuestro estilo de vida y de las posibilidades de cambiarlo con nuestro comportamiento pues, obviamente, cada vez esperamos menos de las decisiones que puedan tomar los políticos para mejorar nuestro bienestar. Por eso, considero muy acertada la reflexión de Passet según la cual, “La noción de economía ambiental me parece un absurdo: no existe un cuerpo de pensamiento con una

coherencia propia y que contemple al medio ambiente como un campo de aplicación; lo que existe es un pensamiento que es o no susceptible de aprehender los fenómenos de la biosfera en los cuales se inscribe dicho pensamiento”. (Passet, 1980). Y, desde luego, la economía ambiental, con todo su parafernalia econométrica se muestra incapaz de aprehender los fenómenos de la biosfera.

Nos queda, finalmente, la tercera perspectiva que es la de la economía ecológica y en la que la economía o el sistema económico está adecuadamente representado como un subconjunto del sistema ambiental o de la naturaleza. Esto significa que la economía reconoce su dependencia de, y su interacción inevitable con, la naturaleza y acepta la necesidad de integrarse en ella.

“los sistemas económicos están intima y recíprocamente relacionados con los otros sistemas (…) y son, fundamentalmente, sistemas abiertos” (Kapp, 1994, 324). “…el hecho de que los sistemas económicos sean sistemas abiertos y no cerrados, que dependen para su reproducción de los insumos extraídos del medio físico al cual devuelven contaminantes y residuos destructivos, obliga a considerar a la mayoría de los factores que la teoría económica hasta ahora ha juzgado como datos constantes o dados, como el problema mismo que hay que resolver o, metodológicamente hablando, como variables dependientes” (Kapp, 1994, 338).

De hecho, no existe ninguna economía que pretenda ser viable y que no acepte su integración en la naturaleza. Eso significa, exactamente, la sostenibilidad, aceptar la integración y acabar con la separación y con la escisión, reconocer que tanto la economía como los seres humanos que la hacemos somos, también, naturaleza y que no podemos desligarnos ni desvincularnos de ella so pena de acabar separados y desvinculados de nosotros mismos y, finalmente, de desaparecer como especie -con conciencia- de este planeta. Así pues, el trabajo de la economía ecológica cuestiona el mantenimiento de los conceptos que son operativos bajo la idea de sistema cerrado. Dicho de otra manera, es necesario repensar dichos conceptos para ver de qué manera son operativos bajo un contexto de sistema abierto.

Esto nos llevaría, inevitablemente, a repensar el panorama de estudio o el ámbito de la

economía. En otras palabras, nos llevaría a cambiar las preguntas que ahora “son” relevantes en un contexto de sistema cerrado, a plantear una “reconstrucción intelectual” para evitar lo que Kapp califica de “congelamiento conceptual”. No en vano,“…la organización de principios de sistemas económicos guiados por valores de intercambio, es incompatible con los requerimientos de los sistemas ecológicos y la satisfacción de las necesidades humanas básicas. Nuestros criterios tradicionales de eficiencia técnica, de cálculos de coste-beneficio y de racionalidad económica, son los puntos cruciales en discusión. Sus limitaciones se vuelven evidentes tan pronto como reparamos en la interacción dinámica entre los sistemas sociales y económicos abiertos y los sistemas ecológicos específicos” (Kapp, 1994,329).

Y, finalmente, y debido a lo anterior, sería necesario cambiar el contenido educativo en la enseñanza de la economía de acuerdo con las líneas esbozadas por Kapp en 1976 cuando sugería que “En lugar de introducir a los estudiantes de economía (…) en el aparato formal altamente esotérico que llena los libros de texto convencionales, me parece indispensable que primero sean introducidos al carácter abierto de los sistemas económicos. Los problemas de la entropía (…) de los efectos retroactivos (…) de los equilibrios de materiales, de los límites máximos de la contaminación, de la causalidad acumulativa, necesitan convertirse en parte de la enseñanza de la economía para preparar a los economistas del futuro en las tareas de las que cada vez más se tendrán que ocupar” (Kapp, 1994, 340).

Ahora bien, pensar en términos de sistemas y en términos de interdependencias, desplazando la unidad de análisis, de las mercancías al estudio de esos sistemas y de sus interrelaciones es ir demasiado lejos puesto que requiere atreverse a pensar por cuenta propia y dejar de pensar por cuenta ajena, en suma, “…es una innovación y presupone una nueva perspectiva que exige el abandono del viejo conocimiento <antes de que el nuevo pueda crearse>. Por regla general, una innovación de este tipo se siente como una fuente de molestia y de disgusto, como un destructor de la rutina, como un minador de la complacencia. Difícilmente puede esperarse que las innovaciones de esta clase provengan de estudiosos con un criterio convencional, ya que exigen una gama de referencia más amplia que la que los representantes de la ciencia <normal> aportan para dominar su materia de estudio” (Kapp, 1994, 332).Vemos, en definitiva, la necesidad de un cambio intelectual y de hábitos de pensamiento y de consumo, si nos preocupa la configuración de una economía que sea compatible con las limitaciones y características de este planeta, pero no parece que haya mucho interés en conseguirlo. La reciente “Cumbre” de Copenhague constituye un buen ejemplo de esa falta de interés por parte de los gobiernos y empresas de la mayoría de los países cuyas economías son totalmente insostenibles o incompatibles con el mantenimiento de la vida en la Tierra.

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